No le busques tres pies al gato.

Era un gato diferente, había venido al mundo fruto de una relación prohibida entre una preciosa gata de Angora, que vivía en su jaula de oro de parte alta de la ciudad, en impresionante mansión de la familia Osborne Sanjacinto, y su padre fue un gato callejero, que consiguió adentrarse en el caserón y seducir a Luna, que así se llamaba su madre.

Luna, era la perfecta imagen de un felino de anuncio, blanca, con los ojos azules y un brillante pelo largo y sedoso. Mientras que su padre, era un aventurero gato pardo, como cualquiera de esos gatos que sobreviven entre cubos de basura en la parte baja de la ciudad.

El flechazo fue instantáneo, Luna cedió ante su instinto y la audacia de aquel gato pardo que se atrevía a pasearse por su jardín, pese a la presencia de un mastín de los pirineos, llamado Zafiro, que era incapaz de acceder a la altura donde aquel gato descarado se exhibía desafiante, ante los ojos de Luna.

Y paso lo inevitable, unos meses después, una camada de gatitos llegaba a la mansión de los Osborne Sanjacinto. Seis preciosos gatos de largo pelaje y color blanco como su madre, y un extraño mestizo, de pelo largo y colores pardos que sobresalía por vulgar ante el resto de la inmaculada camada.

El hijo primogénito de la familia Osborne Sanjacinto, el señorito Don Roberto, se asomo ante la cama de Luna y sus cachorritos, sus ojos de 7 años, como no podía ser de otra manera, se posaron sobre la mancha parda, en el mar de sedosos cabellos  blancos,  y cogió torpemente a nuestro gatito pardo.

-“Madre, me gusta este gatito para mi…”  

-Roberto, hijo mío, este gato no es puro, no está a la altura de nuestra familia, tendremos que regalarlo…

– Pero mama, a mi me gusta este. Se mueve más y es más grande…

– Roberto, no es posible, ese gato es un gato común, como la gente común, y debemos buscarle una casa más apropiada.

– ¿gente común? ¿Como el señor que trae la comida o el que limpia los cristales?

-Si, hijo gente común, como el tendero o el cartero…

– Entonces le llamare como al tendero, señor Gómez.

– Bueno hijo, pero no te encariñes con él, porque se irá pronto…

Aquella conversación precipito el futuro de nuestro protagonista, la Señora de Osborne Sanjacinto, busco casi de inmediato una salida del gato Gómez del caserón familiar, para que el señorito Don Roberto no se encariñara con aquel extraño felino pardo de pelo largo. Sus hermanos eran casi clavados a Luna, salvo por los ojos azules que solo los había heredado Gómez, y cuanto antes desapareciera, antes quitarían la prueba viviente de la procedencia de aquella camada bastarda.

 La papeleta recayó sobre el secretario personal del Señor Osborne, que recibió el regalo con una gran sonrisa cuando la Señora le entrego el gatito.

  • Me hace usted un gran honor, recibir uno de los hijos de su querida gatita Luna, de seguro que será feliz con mi familia.
  • No sea usted tan zalamero señor Peláez. El gato se llama Gómez por expreso deseo del señorito Roberto, espero que se asegure que tenga una vida aceptable y no lo vuelva a traer por aquí.

El señor Peláez, después de terminar de despachar con el señor Osborne, abandono la mansión con dirección a la oficina en el centro. Tenía un problema en la cabeza…

¿Qué diablos hago con este estúpido gato, sin defraudar a la mujer del jefe? Porque esa metomentodo, de seguro que día si y día también, me preguntara por cómo está el jodido Pérez, o López, o como coño le haya puesto el señorito al gato…

Además, seguro que nada más entrar por casa, mi mujer me la lía… que si soy un blando, que si en vez de gatitos porque lo le llevo el puñetero aumento de sueldo… lo que no daría por no escucharla, llegar a casa como un día normal, y desconectar viendo la tele…

Sin darse cuenta, llego a la oficina, aparco, y salió directamente al portal, saludo al portero, y subió por el ascensor, y mientras esperaba llegar a la 3ª planta se acordó que el gato estaba en la bolsa dentro del coche donde lo dejo…

  • Maldito gato, exclamo en voz alta, mientras pulsaba el botón de bajada.

Volvió a saludar al portero, volvió al coche, cogió la bolsa con Gómez dentro, volvió al portal, ya no saludo mas  al portero y subió de nuevo por el ascensor.

Una vez en el tercer piso, abandono el ascensor y se dirigió directamente a la puerta de la oficina. Eran las  ocho y media de la tarde y no esperaba a nadie dentro, por lo que abrió con su llave.  Tenía que recoger unos documentos para llevar al banco a primera hora, y archivar otros documentos firmados por el señor Osborne.

En la sala principal de la oficina, había luz todavía, se asomo y vio a su subordinado García. Y entonces lo vio claro…

  • Hombre García, usted por aquí…
  • Buenas tardes Sr. Peláez, como está usted.
  • Muy bien, García, me alegra ver que sigue siendo usted un empleado abnegado, como le he dicho siempre, si su dedicación no flaquea, nunca tendrá un problema en esta empresa, ¿Cuántos años lleva con nosotros García?
  • Alrededor de 25 años Señor Peláez.
  • Creo que esos 25 años merecen un reconocimiento García, y esta misma tarde se lo comente al señor Osborne, ¿y sabe que me contesto?…
  • Lo ignoro señor Peláez. Con cara de interés.
  • Pues ha tenido la gran idea de hacerle un presente muy especial, el señor Osborne ha tenido a bien obsequiarle con algo que para él es más importante que lo material, ha decidido regalarle una pequeña parte de su familia, le han obsequiado con un Gato.
  • Peroooo.. intento replicar Garcia.
  • Pero no es un gato cualquiera, es hijo de su gata favorita, que tiene un pedigree de primerísima categoría, es hijo de una campeona dentro del mundo gatuno. No sabe cómo le envidio…

Y en ese momento Peláez saco a Gómez de la bolsa… y miro adormilado a García…

García era una persona muy tranquila, tenía una vida sosegada, cumplía fielmente con su trabajo, y apenas tenía ninguna vida social, para él, un gato era algo para lo que no estaba preparado, simplemente, no había espacio en su vacía vida para encajar a aquella bola de pelo. ¿Qué sabía él de gatos? ¿Para que servía un gato? Además, era tan pequeño, y parecía cualquier cosa menos un gato campeón de nada, tenía que evitar que le adjudicaran a aquel compromiso, sin molestar a Peláez y sin ofender al Sr Osborne….

  • Pero Sr. Peláez, con todos mis respetos, me  es imposible que me lleve este magnífico presente, porque…
  • Señor García, tiene usted una hoja de servicios intachable, y no veo ninguna razón para que usted le haga ese feo a nuestro estimado Sr Osborne y su familia.
  • Vera usted, es una cuestión de fuerza mayor, resulta que mi querida madre es alérgica a los gatos y como usted sabe, todos los domingos paso el día con mi madre y claro…
  • Pero señor García, ¿es usted quien visita a su madre o acaso, hace que su anciana progenitora se tenga que desplazar a su pequeño piso?
  • Soy yo quien la visita pero…
  • Entonces todo arreglado, los domingos deja usted a nuestro campeón felino en su piso, mientras que visita a su madre y todos contentos.
  • Pero mire…
  • No se hable más, mañana le comunicare al Señor Osborne  su alegría por tan magnífico regalo, y su ilusión por cuidarlo con esmero mientras viva.

Pero Eusebio García, reunió el valor suficiente para insistir en la imposibilidad de hacerse cargo de un gato.

  • Señor Peláez, permítame insistir en que no veo como puede un gato encajar en mi vida…
  • Vera usted, señor García, le conozco desde hace 25 años y créame si le aseguro que lo mejor que puede usted introducir en su vida es una mascota, usted vive demasiado solo desde que lo dejo con aquella novia, que dicho sea de paso, no le convenía. Ya no tiene usted edad de formar una familia, y un gato, si se le cría de cachorro como a este, hacen mucha compañía. Hágame caso García, es lo mejor para su futuro, ya nunca volverá a estar solo.
  • Bueno, visto desde este punto de vista… balbuceo García.
  • Además, a nadie se le escapa que esté presente, es muy personal, y en la oficina puede haber cambios. Si usted cuida bien de este gato, el señor Osborne le preguntara por su estado y quién sabe si más adelante le encarga asuntos más importantes…
  • Hombre, siendo así…
  • Pues claro García, o va a seguir siendo un chupatintas toda su vida, este gato es un primer paso en su futuro. Además, tengo entendido que es un gato de Angola, y parece ser que los gatos de este país, tiene un valor monetario interesante, a lo mejor cuando sea adulto, le hace ganar dineros extras…
  • Nada más lejos de mi intención de defraudarle a usted o al señor Osborne.
  • Pues listo, García, quédese con el gato, el mismo señorito Roberto le ha puesto el nombre de Gómez, para ahorrarle a usted la molestia de tener que decidirlo. Aquí le dejo estos papeles para su archivo, debo de irme ya, por que mañana tengo que ir al banco a primera hora…

El señor Peláez, entro en el ascensor, y pensó en lo inteligente que había sido, problema solucionado. Le diría a la señora de Osborne Sanjacinto, que mi mujer es alérgica a los gatos, y que tuve la  idea piadosa, regalarle aquel precioso felino al solitario García, para que le hiciera compañía.

Eusebio García era un hombre metódico, no dejaba nada al azar, y ya que había adquirido la responsabilidad ante sus superiores de afrontar la tarea de cuidar aquel pequeño mamífero, lo haría bien. Decidió salir rápidamente de la oficina para ver si era capaz de llegar a pajarería de la esquina. Era muy consciente de que tenía una ignorancia absoluta de cómo cuidar a una mascota, y tenía la sana intención de hacer un gran trabajo, su  futuro en la empresa dependía de ello.

Era la primera vez que entraba en la pajarería, y decidió ir directo al grano, porque el dependiente estaba recogiendo para cerrar. De mala manera, aquel dependiente, se río en su cara cuando pregunto cómo se cuidaban los gatos que venían de Angola.

  • Este gato, lo más lejos que puede venir es de alguna caja de pescado del puerto…
  • Señor mío, este gato viene de donde mis superiores digan, y si es tan amable de decirme que come y bebe un gato, podre abandonar su establecimiento con prontitud.

García salió de la pajarería con dos bolsas de comida, un cuenco, una bolsa de arena y un juguete emplumado. Estaba dispuesto a afrontar su nueva misión, tanto si Gómez era un campeón, como si fuera un vagabundo.

Pasados  2 años, Gómez creció en el pisito del señor García, era pequeño, pero acogedor. El señor García era muy bueno con él, le daba de comer, de beber y juntos se hacían compañía. Todos los domingos, el Señor García, le dejaba encerrado en casa, y él se aburría soberanamente en aquel piso, pero por la tarde volvía y salían al patio del edificio para que Gómez jugara. Esos ratos le encantaban.

Era un gato feliz. Había crecido acicalado por el señor García. Al principio, el Señor García apenas le hacía caso, se limitaba a que no le faltara, comida, agua o arena, y se enfadaba mucho con él, cuando hacia sus cosas fuera de la arena, arañaba el sillón, o rompía algún calcetín. Pero según fue creciendo, ambos aprendieron a darse mutua compañía. Se forjo una bonita dependencia mutua, un intercambio de cuidados por compañía.

Un día, el señor García empezó a empaquetarlo todo, algo pasaba. Estaba especialmente distante, triste. Gómez no se esperaba el cambio que se les avecinaba.

A los ojos del señor García, su gato había pasado de ser una obligación más de su profesión, a convertirse, contra todo pronóstico en lo que le profetizo aquel día el señor Peláez, Gómez se convirtió en su mejor compañía.

De alguna manera, Gómez llenaba el vacio en su casa, el vacio en su vida. Aquella bola de pelos,  se había convertido en un gato listo y bonito. Parecía un gato pardo callejero pero con un pelo muy largo, limpio y sedoso, y unos llamativos ojos azules. Era muy inteligente, aprendió muy rápido a hacer sus cosas en la arena, a entender las indicaciones de su amo,  si que se hubiera producido un proceso de adiestramiento.  

Para el señor García, el llegar a su casa y acariciar a Gómez era la mejor forma de terminar una jornada, y llevarle al patio del edificio para que jugara, le hacía casi tan feliz como a su mascota.  La convivencia era muy satisfactoria con aquel gato, y aunque nadie le pregunto nunca en la oficina por él, y nada cambio ni en su puesto ni en su sueldo, estaba muy contento con Gómez.

Tras la muerte de la madre de Eusebio García, se vio obligado  a tomar  la determinación de dejar su pisito, y trasladarse a la casa donde se crió, una bonita casa de dos plantas en una zona residencial no muy lejos del centro. Básicamente, esta nueva dirección le permitía llegar a la oficina en tan solo 10 min, y por ende, llegaría como 20 minutos antes a la casa.

El cambio de casa fue una bendición para Gómez, la casa estaba rodeada por un bonito patio, y tras una valla de unos dos metros, se extendía un mar de casas similares, con jardines, arboles, pájaros, y otras mascotas y mil cosas nuevas, fascinantes.

La primera vez que escalo la valla, el señor García lo paso francamente mal, veía a Gómez como un cachorro y temía lo peor, un perro rabioso, un coche, un niño con escopetilla, +-

**todas estas ideas se agolpaban en su mente y le atormentaba. A las 2 de la mañana, Gómez, azuzado por el hambre, decidió dar por acabada su primera aventura extramuros. García le estaba esperando en vela, al principio se alegro mucho de verle, pero luego el tono cambio, reproches y puerta cerrada fue lo que recibió el gato escapista.

Al día siguiente, Gomez se quedo encerrado,  y por primera vez en su vida, Eusebio García no se podía concentrar en su trabajo, le obsesionaba la idea de que Gómez pudiera sufrir algún percance, o contraer alguna enfermedad felina. No podía soportar ni la preocupación por una nueva escapada, ni tampoco soportaba el tenerlo encerrado sin poder disfrutar del patio de la casa.

Sin que su jefe, ni sus compañeros de trabajo, siquiera sospecharan, entro en internet, e investigo como podía hacer unas vallas a prueba de gatos con ansias de aventura, y encontró una solución. ..

Se trataba de añadir a la parte superior de la valla, una terminación hacia dentro de la valla con un ángulo de 45º, un apéndice de madera de unos 60 cm. Esto convertiría la valla de su casa en un recinto a prueba de fugas.

Era también la primera vez que solicitaba unas vacaciones fuera de los 10 días obligatorios del mes de agosto. Peláez no pudo negarse, le debían tantas vacaciones que por una semana no pasaría nada, además el muy pardillo las iba a dedicar a hacer no se que para aquel gato que le encasqueto 2 años atrás.

García se dirigió a un almacén de maderas, con instrucciones muy precisas de los maderos y tabones que necesitaba. Se dedico en cuerpo y alma a montar aquel apéndice anti escapes. Mientras, Gómez, contemplaba desde la ventana, atónito, no entendía aquel trajín de sierra y martillo, ni el por qué de su encierro.

Y aquella obra faraónica llego a su fin, y Gómez fue liberado de su cautiverio. El reencuentro con la libertad del patio, fue recibido con alegría por Gómez. Recorrió el patio, jugando y brincando, y celebro frente a su amo, su retomada libertad. Los genes de su madre Luna, sin embargo, no pudieron contener las ansias de libertad de los impulsos de vagabundo, heredados de su padre. No tardo una hora, cuando ya intento hacer su primera escalada del muro, pero, cuando llegaba a la parte superior, el nuevo apéndice le obligaba a volver a tierra.

No podía franquear la valla.  El regocijo de García era inmenso, había sido mucho trabajo y esfuerzo, pero mereció la pena, Gómez no podía escapar. Estaba Feliz.

15 días mas tarde, García estaba desesperado, eran casi las 4 de la mañana y ni rastro de Gómez. Se escucho un frenazo a lo lejos, y no pudo evitar pensar que era producido por el atropello de su compañero en la soledad. Finalmente, Gómez apareció por encima de la valla, regreso a su hogar y se dispuso a comer un poco del pienso que quedaba frente a la puerta de la cocina.

Los tiempos de encierro volvieron, pero súbitamente, García, un día, sin cambio apreciable en el patio, le devolvió sus derechos de acceso al patio.

De nuevo se estableció la lucha de sangres en el interior de Gómez, y como no podía ser de otra manera, al final, el ansia de libertad de su sangre callejera se impuso. Pero esta vez, Gómez, tuvo la precaución de esperar a que García estuviera profundamente dormido, en su siesta dominical, para subirse sobre la mesa del patio, para de allí, saltar a la canaleta que le daba paso franco a la terraza de arriba.

Como en anteriores ocasiones, se subió a la barandilla. Después de dos caídas aprendió  que simplemente saltar no era suficiente, necesitaba el impulso extra de una carrerita sobre la barandilla de la terraza, para tener el impulso suficiente que le permitiera acceder a lo alto del muro exterior. Pese a la correa que García le había colocado esa mañana, consiguió su ansiada libertad.

Comenzó su escapada paseando sobre los muros de sus vecinos, hasta llegar al patio de un impertinente pastor belga, que se desasía en ladridos cada vez que le veía. Le gustaba ver como se enrabietaba al comprobar que era incapaz de llegar a lo alto del muro. Era demasiado temprano para ir en busca de una gatita color canela que vivía a 300 metros de su casa, por lo que decidió visitar el parque de los arboles. Allí pudo contemplar cómo un par de gorriones machos, peleaban ferozmente por un mendrugo de pan. Su instinto felino, le hizo acechar en silencio aquella curiosa pelea de pájaros. Mientras Gómez se acercaba sigilosamente, los gorriones seguían enfrascados en su disputa, ajenos a lo que se les venía encima. Sin entender muy bien porque, Gómez se sorprendió a si mismo saltando sobre el gorrión que ganaba la pelea. Y sin saber muy bien porque, lo atrapo con suma facilidad.

No sabía muy bien porque, pero aquella captura le satisfacía muchísimo, y ahora no sabía muy bien qué hacer con aquel pájaro moribundo, por lo que decidió buscar un lugar recóndito para jugar con su trofeo, su instinto así se lo imponía. Y se dirigió a una de las casas más recónditas de la zona, se subió a la terraza de la primera planta, porque allí, nadie le importunaría.

El pobre gorrión estaba más muerto que vivo, y pese a que Gómez lo dejaba libre, lo tenía energías para volver a hacer un intento de escapada, cuando un brillo llamo la atención dentro de la casa donde se encontraba. Contemplo como una mujer, empuñaba hacia abajo un enorme cuchillo de carne. La mujer estaba ataviada por unos plásticos que le cubrían las ropas y se acercaba hacia la cama que presidia la estancia. Súbitamente, descargo el cuchillo sobre el pecho de un hombre que dormía sobre la cama.

El hombre trato de incorporarse, pero el enorme cuchillo se lo impedía, solo le permitió hacer varios espasmos.

Gómez se sobresalto ante el súbito movimiento del apuñalamiento, dejo libre al gorrión y se incorporo y Salió corriendo, antes de que la mujer detectara más presencia que su cola huyendo.

Deambulo un buen rato por los muros de las casas de alrededor de su gatita canela, sin éxito, no pareció, por lo que decidió tomar una siesta sobre un árbol, tras la cual, tenía hambre, ya había anochecido y decidió encaminarse de vuelta para casa, pensando en el pienso con sabor a salmón que García compraba últimamente y que le encantaba.

Ya había anochecido cuando franqueo el muro que le daba acceso al partió de su casa. García estaba desierto y le sonrió con satisfacción, le hizo entrar en la cocina y le quito el collar.

García le aflojo la cinta alrededor del cuerpo de Gómez y dijo en voz alta.

  • Por fin voy a conocer tu secreto bribón, voy a conocer cómo eres capaz de superar mi muro anti fugas.

Y sonrió mientras sacaba de la carcasa trasparente, la cámara de aquellas que llamaban Sport Cam, que había comprado expresamente para conocer el secreto de su compañero Gómez, que le permitía burlar su trampa contra felinos escapistas.

Conecto la cámara a su ordenador, y tras la configuración, pudo ejecutar el video grabado.

Lo primero que pudo ver fue a sí mismo, poniendo a grabar la cámara, acto seguido, desde la espalda de Gómez, pudo ver su patio a vista de gato. Gómez recorría el patio completo, una vuelta de reconocimiento por si había novedades en sus dominios.  Se entretuvo con una bolsa de plástico que trajo el viento. García decidió ir al grano. Hizo avanzar a cámara rápida la escena, pudo ver a toda velocidad como Gómez le contemplaba mientras echaba la siesta y vio como después se encaminaba después al patio.

García, volvió el video a la velocidad normal de reproducción y desde la visión detrás de la nuca de Gómez, García contemplo, los pasos medidos  meditados de su compañero gatuno, que le encaminaban, primero a la mesa, luego a la canaleta, para después de una carrerilla sobre la baranda de la terraza, y un portentoso vuelo, conseguía burlar el muro que él había reforzado.

Ya he visto suficiente, paro el video y salió al patio para admirarse de la distancia tan portentosa que Gómez tenía que volar, para acceder a lo alto del muro. Y de allí a la libertad.

García no pudo dormir aquella noche, tenía que conseguir que Gómez dejara de escaparse, después de muchas vueltas, llego a la conclusión que la solución era, subir las altura de aquel muro, en la zona situada frente a la balaustrada de la terraza, de estas manera no podría franquear una altura mayor que la rampa de lanzamiento de su amigo el gato.

Dicho y hecho, después de otra semana de encierro para Gómez, al sábado siguiente, García pudo instalar ese supletorio de valla. Y la prueba de fuego vino con la nueva puesta en libertad de Gómez el domingo por la mañana.

Gómez subió a la barandilla de la terraza, miro a un lado, miro al otro, incluso hizo un trote sobre la misma, pero finalmente desistió de intentarlo, a todas luces, era imposible.

García por su parte, se relajo, y decidió tomar una siesta corta, de sofá. Suficiente para que Gómez volviera a desaparecer, y quién sabe si no para siempre…

Sintió que era un mal carcelero, que imponía a su compañero de casa a un encierro hasta injusto, ya no temía que Gómez tuviera un accidente, o que fuera devorado por el pastor belga que siempre ladraba cuando el echaba la siesta. Esta vez, temía que su amigo, su compañero de soledad, se hubiera hartado de sus encierros, de su privación de libertad y decidiera no volver jamás.

García sabía que su gato tenía una parte de vagabundo y temía que esta se hubiera terminado imponiendo sobre la parte acumulada de su ser. Temía que Gómez hubiera decidido ser un gato nómada.

Al ver que Gómez no regresaba, pensó que era el momento de salir a buscarle, tenía que hacerle regresar, para hacerle saber que a partir de ahora, podría entrar y salir de la casa cuando quisiera, que a partir de ese domingo Gómez podría seguir viviendo en la casa, con la tranquilidad de poder entrar y salir cuando quiera, sin restricciones, sin encierros.

Tenía que encontrar a Gómez, pero como encontrarlo, no se había preocupado nunca por pensar en lo que impulsaba a Gómez a salir, y entonces se le ocurrió…

Dio al play en el reproductor de video del ordenador, dispuesto a descubrir que hacia Gómez, una vez superada la valla, y pasados 10 minutos, se sorprendió marcando el 091.

Oscar Gonzalez

2 comentarios sobre “No le busques tres pies al gato.

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